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Decidí Amamantar.

24 enero, 2012

Este artículo titula así en honor a una carta que me envió una seguidora en redes sociales de apego seguro. Es emocionante para mí dado que se inspiró en un artículo que escribí acerca de lo que siente una madre con hijo con APLV (alergia a la proteína de leche de vaca). Ella, una madre que pasa por lo mismo, quiso escribir las razones por las que había decidido amamantar pese a varios impedimentos.

Al leer la carta me hizo reflexionar acerca de lo que yo viví como madre de 2 hijos, con uno de ellos actualmente lactante, y de los constantes encuentros y comentarios que tengo de pacientes respecto a sus dificultades, alegrías, problemas, dolores y miradas de lo que las lleva finalmente a decidir amamantar o decidir no hacerlo.

La lactancia materna es una decisión. A pesar de ser mamíferos y estar hechos bilógicamente para ello, en los tiempos que corren como casi todo se puede decidir. Hay  mujeres que frente a diversas dificultades medicas o de otro tipo, deciden no hacerlo, lo que no implica que sean malas madres, y tampoco el lactar nos garantiza ser la mejor madre del mundo, pero sin duda que un buen comienzo, que se debe mantener con otras cosas en el tiempo, la lactancia no es per se sinónimo de apego.

Lo que me llamó la atención de la autora de la carta es que ella, al igual que otras madres que me ha tocado atender, con varias razones de peso para descontinuar la lactancia materna ha decido seguir. Sin duda que la respuesta es personal y de cada familia la decisión de continuar o descontinuar, pero la que siguió lo hizo por una fuerza y un empuje personal que muchas otras personas no entenderán y otras muchas más criticarán.

Me permito poner su carta, ya que es inspiradora y apasionante el camino recorrido de dificultades y alegrías frente a la enfermedad de su hija con APLV. Tal es así que me atrevo a afirmar que al día de hoy la alergia está en remisión en gran medida a que decidió seguir amamantando.

Desde que supe que alguien estaba creciendo dentro de mí, supe que quería amamantar. Pero tenía miedo de “no tener leche” o por algún motivo no poder lograrlo y es que es más común ver a una guagua tomando un biberón que pegado al pecho de su madre. Con entusiasmo durante la gestación de mi pequeña me fui informando: compré mi cojín de amamantamiento, la crema de lanolina, alguna vez traté de “preparar los pezones” (pero me dolió y no seguí); me puse muy contenta cuando a las 20 semanas asomó el calostro, hasta que leí que no tenía directa relación con la lactancia y me volví a sentir insegura. Deseaba “tener” leche.

La noche anterior a que naciera mi pequeña, una amiga me llamó y me empoderó totalmente sobre la capacidad que tenemos TODAS las mujeres de lactar, me dijo que no dejara que le dieran relleno a mi hija y que exigiera que me la trajeran por las noches. Me sentí feliz, porque yo pensaba que a todos les daban relleno por las noches por obligación, pero mi felicidad provenía principalmente porque descubrí que no dependía del azar, ¡sino de mi!

Algo empezó a cambiar en mi pequeñita un poco antes que cumpliera el mes: lloraba mucho (claro que todos me decían que así eran los bebes), yo veía dolor en su expresión, sabía que estaba enferma de algo,  pero ¿de qué? Una noche que no aguatábamos más verla sufrir partimos a las 4 a.m. a urgencias; la pediatra medio bostezando nos dijo “tiene hambre”, “pero ¿cómo?, en la casa me rechazaba el pecho” le dije, entonces me dijo que quizás tenía un cólico, pero que ya se le había pasado… Un poco avergonzados nos devolvimos esa madrugada con nuestra bebé, por fin descansando, después de horas de llanto.

Una semana más tarde supimos lo que realmente pasaba. Ya no sólo eran los llantos, sino también las deposiciones estaban diferentes. Nos tocaba control con la pediatra y quería aprovechar de preguntarle por unas manchitas que le salían en la cara. En plena consulta mi hija empezó a llorar como en la casa y la pediatra me confirmó que ese llanto no es el “normal”, nos explicó la posibilidad de una alergia y me mostró unas fisuritas que tenía nuestra hija en su anito. Pero no podíamos concluir nada hasta que encontráramos sangre en el pañal y nos pidió además unos exámenes.

Esa misma noche encontramos las primeras manchitas rojas entre la caquita, sentí una gran alegría porque la descripción de los niños con alergia alimentaria que nos dio la doc se parecía mucho a lo que observaba en mi hijita. ¡Por fin sabíamos lo que tenía! No eran cólicos, ni hambre; de verdad estaba enferma.

Esa misma noche partí dejando los lácteos, pero al poco tiempo aprendí que la leche estaba “oculta” en muchos alimentos procesados. Empecé a cocinar mi propio pan y galletas. Pasaban los días y mi hija no mejoraba completamente por lo que fueron saliendo más alimentos de mi dieta: huevos, soya, pescados, mariscos, frutos secos y los cítricos.

La leche, aparte de los lácteos, está en cecinas, jamones, galletas, apanados, algunos panes, productos de pastelería, calugas de caldo y en algunas bebidas como la “Coca-cola”. La soya está en muchísimos productos como aceite vegetal (que al no especificar puede tener aceite de soya) o lecitina de soya y los cítricos no son sólo las naranjas y limones, sino también los tomates, kiwis, piña y el ácido cítrico, que es muy usado como preservante de conservas, mermeladas, etc.

Querid@ lector@: lo desafío a ir a su despensa y encontrar más de 3 productos que cumplan estas características, pero ¡lea bien! Porque incluso los alimentos que han sido procesados en las mismas líneas en los que se procesó alguno de los alérgenos puede ser peligroso ante el riesgo de presentar trazas. No es tan fácil.

¿Qué opción tenía? Los niños alérgicos pueden tomar unas leches de fórmula, especialmente modificadas para que no les dañen su guatita; estas leches tienen un costo de $300.000 mensuales app. Entonces, me di cuenta que si por volver a trabajar perdía la lactancia, iba a usar mi sueldo en pagar sólo leche y a alguien que cuidara de mi hija… entonces ¿por qué no lo hacía yo misma? Mi leche es mucho mejor que las fórmulas, a mi hija le encanta y nadie la iba a cuidar mejor que yo. La dieta de exclusión era difícil, pero soportable. Así fue como decidí amamantar.

Sólo podía usar un tipo de aceite, una marca de pollo, otra de pavo y así una serie de exclusividades en mi alimentación. ¡Uf! Pronto supe de la fundación “Creciendo con Alergias” y fue interesante aprender de la experiencia de otras familias en nuestra misma situación. Algunos días no tenía ganas de comer, eran tan pocos los alimentos que podía comer, que me aburrían. Pero pensaba que no podía dejarme vencer y volvía a comer  avena al desayuno, pollo con verduras y arroz de almuerzo y para la once té y pan con palta, aceite o mermeladas caseras que me hacía mi suegra.

A los 6 meses como en todos los niños, iniciamos la introducción de alimentos. Partimos primero con verduras y luego agregamos el pollo… (Aquí empieza el punto inflexión en esta historia)… Mi pequeña se llenó de ronchas y empezó al día siguiente con diarrea nuevamente, ante la evidente reacción al pollo (de una determinada marca, que yo llevaba comiendo hace meses) la pediatra me recomendó retirar por una semana las proteínas de mi dieta y así evitar que se sensibilizara más el intestino de mi pequeñita. Fue difícil porque no sentía la sensación de saciedad después de comer, me sentía débil y me empezó a costar tomarla en brazos, me sentía demasiado agotada y tenía miedo. Mucho miedo. Miedo a que iba a pasar ahora con mi alimentación y con la de ella, miedo de no poder continuar la lactancia y se sumó el miedo a sufrir fracturas, ¿Por qué? Porque paralelamente mis exámenes de rutina con la endocrinóloga no estaban para nada bien. Con 25 años desarrollé osteoporosis en la cadera derecha y osteopenia (etapa previa a la osteoporosis) en la cadera izquierda. La endo me recetó medicamentos y me pidió evaluar la lactancia.

Lloré por dos semanas seguidas todas las noches, lloraba amargamente, desconsolada. ¿Había encontrado mi límite? ¿Se oponían la enfermedad de mi hija con la mia? ¿Qué iba a pasar si dejaba la lactancia? NO me sentía lista, y mi hija mucho menos. Alguien me dijo en esos momentos que no se podía amar a los hijos más que a uno mismo, que se debía amar a los hijos igual que uno, pero no por sobre. Entonces entendí que de nada le serviría a mi hija cuándo tuviera 5, 10, 15 años una mamá que no pudiera jugar con ella por alguna secuela adquirida durante la lactancia en estas condiciones tan extremas. ¿Si daba el 100% ahora, que me iba a quedar para dar después? Decidí con profunda pena iniciar el destete.

Entremedio volví  a comer pollo y paulatinamente otras proteínas. Me sentí mejor y seguía dando pecho a libre demanda. Le re-introduje lentamente el pollo a mi hija en sus papillas, partí con cantidades microscópicas todos los días y ¡lo toleraba!. Al mes volví a tomarme exámenes y mis niveles sanguíneos estaban mucho mejor. Ya no me sentía débil, sino ágil, fuerte, decidida. Ya NO era necesario dejar el pecho. Me sentí absolutamente FELIZ.

Mi marido ha sido fundamental en el éxito de nuestra lactancia, él cuando está en la casa sólo come las mismas cosas que yo puedo comer. Él, junto con mi familia y amigas, han sido parte de la clave para que yo hubiese seguido adelante pese a la incomprensión de muchos. Como dicen los estudios, el entorno y en particular la pareja (si es que existe) son determinantes en el éxito de la lactancia y esta no ha sido la excepción.

Con el tiempo he reintegrado más alimentos a mi dieta. La próxima semana mi hija cumple un año y haremos la temida y esperada prueba con leche de vaca. Si nos va bien será un gran alivio para mi alimentación, nuestro bolsillo y nuestros nervios (que están siendo puestos a prueba ahora que se mueve y todo se lo echa a la boca). Si no, seguiremos con la dieta y veremos qué pasa en 6 meses más. Pero independientemente de la reacción de su intestino, seguiremos lactando hasta que ambas definamos que ya es hora de cerrar esta etapa.

Para finalizar, algunos creen que dada la condición de alergia se entiende un amamantamiento “prolongado” para evitar el costo económico de las leches especiales. A ellos y a todos les cuento que lactar es mucho más que una forma de alimentar un bebé o una estrategia de ahorro. Les dejo algunas cifras para que evalúen ustedes mismos:

  • $70.000 mensuales app. gasto en remedios para poder mantener la lactancia y mis huesos.
  • Al DOBLE ha aumentado nuestro gasto mensual en el supermercado.
  • Hoy peso 13 Kilos menos que antes de quedar embarazada.
  • Tengo 2 pechos cargados de amor para dar.

LML

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